Viajar para encontrarse a uno mismo

Viajar para encontrarse a uno mismo

He tenido la suerte de viajar desde pequeña y creo que, de alguna forma, eso ha forjado mi personalidad. Además de proporcionarme cierta cultura que se podría calificar como mundana, me ha permitido saber que existen mundos muy diferenciados entre sí y darme cuenta de que limitarnos a ver lo que tenemos delante solo nos empobrece.

Por otra parte, ha creado en mí la inquietud por viajar y, en la actualidad, sigo manteniendo la buena costumbre de salir de mi ciudad siempre que puedo. Cuando la situación económica no permite realizar desplazamientos a lugares lejanos, un par de simples días en el campo, aunque sea a unas decenas de kilómetros de casa, me resultan indispensables para cambiar de aires y afrontar de mejor manera las jornadas laborables.

La costumbre de viajar para encontrase a uno mismo resulta muy útil para hallar el optimismo y la felicidad que muchas veces creemos que se nos escapa y que, probablemente, no esté tan lejos ni sea tan difícil de conseguir. Simplemente el hecho de saber que podemos viajar cuando queramos ofrece una sensación de libertad que ayuda a continuar.

Una cosa que aprecio mucho de mi forma de tomarme las semanas la aprendí viajando: mantener la curiosidad del turista incluso cuando estoy en mi localidad de residencia. Estando fuera, buscas cosas que hacer todas las tardes, acudes a museos, teatros, conciertos, cines, visitas casi todos los rincones del lugar en el que te encuentra… pero en nuestra propia casa solemos quedarnos anclados en el sofá.

De regreso de algún viaje, años atrás, una idea que se me ocurrió para aplacar la pereza que me inundaba al pensar que terminaban las vacaciones fue proponerme sacarle partido a tope a lo que me ofrece mi urbe. Desde entonces, consulto las agendas y páginas web de todo tipo de actividades y aprovecho las pocas horas que quedan libres tras el trabajo. Como si fuese una turista en mi propia ciudad, siempre turista, nunca dejar de estar descubriendo, conociendo, no perder nunca la curiosidad y las ganas de ver cosas nuevas… De esa forma, la rutina se rompe y es más fácil conseguir cierto bienestar.

En otra ocasión, recomendaba que, si las obligaciones diarias pesan demasiado, una forma de ver la luz al final del túnel es poner las miras en la escapada siguiente, aunque no esté cercana. El ir buscando los destinos, comprando los billetes o planificando la ruta por carretera, eligiendo los alojamientos… nos hace soñar despiertos y parte del sentimiento positivo del viaje se va adelantando.

¿Qué hace un viaje por ti?

No diremos nada nuevo si señalamos que viajar y ver mundo te permite convertirte en una persona más comprensiva, abierta y tolerante. Pero no todo el mundo sufre este cambio cuando viaja, de hecho los hay que vuelven con más prejuicios y más asentados en sus valores tradicionales. Para comprender a los demás, hay que acudir con la mente abierta y desplegar nuestra empatía. Pero, sobre todo, lo más importante es que tengamos capacidad de observación, dado que resulta muy fácil fijarte tan solo en museos y monumentos sin ver lo que hay detrás.

Observa a la gente que de verdad sea de allí, párate a diferenciar sus costumbres de las tuyas, analiza por qué hacen las cosas de otra manera… Tal vez te vuelvas a casa con unos cuantos trucos que te servirán para gestionar tu día a día con mayor comodidad, para sentirte mejor y, si no, al menos volverás con un conocimiento sobre otras costumbres.

Es muy posible que, tras tu observación atenta, se desmoronen las ideas que tenías sobre esas personas y que surgían de cosas que habías leído, de lo que te habían contado los demás, de lo retratado en el cine y en la televisión. No hay nada como la experiencia de primera mano, pero generalmente se valora muy poco.

Otra de las inquietudes que puede insuflarte el gusto por viajar es la de aprender idiomas. Dejando a un lado la utilidad que pueda tener para ti laboral o socialmente hablar otras lenguas, se suele decir que es bueno para el desarrollo del cerebro y para el sistema fonológico diversificar conocimientos y pronunciaciones. Añadir vocabulario y ejercitar la memoria para aprenderlo, cómo no, también es beneficioso.

Por qué no te gusta viajar

Una persona a la que no le guste viajar probablemente habrá tenido malas experiencias en sus viajes anteriores. No necesariamente sucesos desagradables, simplemente situaciones que le hayan impedido disfrutarlo: aglomeraciones de gente, excesivo calor o tiempo desapacible, control por parte de los guías, pocas opciones de tomar la iniciativa, elección de un destino poco adecuado a sus gustos…

Una persona que ha viajado más a menudo, aunque con seguridad también habrá sufrido algún percance durante sus vacaciones, tiene además experiencias positivas con las que equipararlas y sabe extraer una visión más equilibrada.

Por otra parte, ciertas molestias como las esperas en los aeropuertos, tras repetirlas con alguna frecuencia, se van convirtiendo en rutina y acaban por dejar de ser un inconveniente, se asimilan como una etapa más del periplo.

Las mejores amistades surgen en los viajes

Dadas mis dificultades para conciliar el sueño, siempre he tratado de evitar compartir habitación y me ha resultado un revés tener que hacerlo en algunos viajes. Sin embargo, al cabo del tiempo, esta necesidad se ha convertido en una ventaja, pues gracias a la cercanía he desarrollado una mayor tolerancia hacia los ruidos o las molestias, pues no es bueno ser una persona tan maniática. Pero lo mejor no es eso, sino que en esas convivencias hice algunas amistades que nunca había conseguido con años de trato.

Compartir vivienda o espacio con otras personas, aunque sea únicamente por unos días, permite un conocimiento que no se da cuando los ves muy a menudo, pero de forma externa, incluso en amistades que duran décadas. Es la única manera de llegar a conocer de verdad a alguien y, a excepción de la posibilidad de compartir piso, los viajes son la única circunstancia que ofrece esta posibilidad.

Las excursiones escolares, las estancias de verano para jóvenes y los estudios fuera permiten que las personas desarrollen con una corta edad su capacidad para la convivencia y que acumulen experiencias inolvidables, adquiriendo amistades que más adelante ya no seremos capaces de generar. Por ese motivo, es importante pasar fuera una temporada, aunque sea a un campamento cercano al lugar de residencia, al menos alguna vez en la vida.

No en vano, las novelas y películas suelen echar mano de una convivencia inicialmente indeseada para contar historias de fuertes amistades. Tras los choques y desavenencias inevitables entre dos personas muy diferentes, se alcanza la comprensión. Y esto se produce porque pasar tanto tiempo con alguien permite conocer varias de sus facetas, mientras que la socialización habitual siempre nos presenta a las amistades en su misma faceta.

No importa el destino, lo importante es el viaje

Se suele decir que, cuando una persona huye de sus problemas, los problemas viajan con ella. Y es totalmente cierto: marcharse creyendo que las circunstancias que estropean nuestro sentir van a desaparecer porque pertenecen a ese lugar en concreto, suele resultar una decisión errónea. Cuando ya se ha hecho el traslado, descubrimos que la situación negativa casi siempre partía de nosotros mismos o de condiciones que no hemos evitado con el cambio. Por lo tanto, hay que resolver la raíz, dado que muchas mudanzas no nos mejorarán la existencia.

Sin embargo, un viaje de ida y vuelta sí puede ayudarnos, ya sean unas vacaciones, una estancia para aprender idiomas, una colaboración desinteresada con personas que lo necesitan, un desplazamiento temporal por trabajo, etc… La diferencia es que nos sirve para cortar por lo sano con lo que nos está agobiando, para descansar de un día a día seguramente más cargado de lo que podemos soportar, para pasar unos días sin pensar en las obligaciones. Es cierto que nada se resuelve de verdad, pero la mente se toma ese respiro que tanta falta le hace y afrontarlo todo a nuestro regreso, resulta más fácil.

En conclusión, lo importante es encontrar algo que rompa nuestras rutinas y nos permita respirar y cambiar de aires. Es imprescindible para las personas que están sometidas a mucho estrés o para aquellas a las que les aplasta la similitud entre unos días y otros. Pueden ser los viajes o, si el turismo no es lo tuyo, puede ser cualquier otra afición. ¿Te animas a viajar para encontrarte a ti mismo?

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